Elecciones presidenciales en Francia

Elecciones presidenciales en Francia 2017

Cuna de la Revolución burguesa que marcó un antes y después en la historia moderna, el país galo continúa siendo una pieza central en el ajedrez internacional. A menos de cuatro semanas de una nueva contienda electoral en la que definirá su destino político para los próximos años, decidí realizar un breve análisis.
Como la columna está orientada para el público en general, es decir, incluso quienes no tienen un contacto constante con el estudio comparado de instituciones políticas o el sistema político francés le puede resultar ajeno, preparé un pequeño apartado inicial con las características más salientes del mismo. Allí se describe el régimen político, su forma de gobierno y el acceso a las dos instituciones fundamentales del mismo: el Parlamento y la Presidencia de la Nación.
Si este tipo de introducción les parece un poco aburrida, los invito a pasar directamente al segundo título relacionado a la coyuntura política y las elecciones venideras. Si nada de eso los incita a la lectura, pueden darle click a la cruz de arriba a la derecha.

1. El sistema francés


La clasificación más extendida sobre los sistemas políticos en democracias indican que hay dos principales: el Presidencialismo y el Parlamentarismo. La mayoría de los países americanos –entre ellos Argentina- se ubican en el primer tipo, mientras que los de Europa occidental en el segundo. Sin embargo, también existe una tercera especie denominada semipresidencialismo, dentro de la cual la V República Francesa es el ejemplo más citado en la literatura especializada. Durante las últimas décadas, sobre todo con la tercera ola de democratización, este sistema se ha expandido a lo largo del mundo. Portugal, Islandia, Austria, Irlanda, Turquía, Polonia, son solo algunos de los países que también han adoptado este régimen. Cada constitución o país contiene sus particularidades, por lo tanto las características que señalaremos para Francia no necesariamente caben para todos los casos.  Sin entrar en análisis estrictos sobre ninguno de los tres sistemas, decimos al pasar que el semipresidencialismo es una combinación de los primeros dos, ya que el poder oscila entre las dos figuras ejecutivas, el presidente y el primer ministro o premier.

En Francia el presidente o jefe de Estado es elegido en comicios directos, con un mandato fijo de cinco años y la posibilidad de una reelección. Asimismo para ser elegido en primera vuelta el candidato debe alcanzar al menos el 50%  de los votos, de lo contrario las dos fórmulas más votadas se someten al ballotage. El presidente encabeza la política exterior y es la figura que representa al país en asuntos internacionales. Debe rubricar las leyes emanadas del parlamento y tiene poder de vetarlas, aunque luego la Asamblea Nacional – órgano legislativo- puede insistir en otra instancia para darle su aprobación definitiva.

El presidente tiene además dos funciones claves. La primera es que posee la monumental prerrogativa de disolver la Asamblea cuando lo considere necesario, aunque no más de una vez en un año. La otra es designar al  Primer Ministro, aunque su aprobación y la de su gabinete están sujetas al visto bueno de la Asamblea Nacional. Este punto es muy importante porque allí reside la particularidad del sistema. Al ser necesario el apoyo de la Asamblea Nacional, el presidente debe nombrar un primer ministro con pertenencia al partido que controla la mayoría legislativa. Cuando el partido mayoritario en la Asamblea es también el del presidente, el poder se concentrará en este último, quien además de ser preeminente en su propio espacio político, goza de la legitimidad otorgada directamente por el voto popular.


Sin embargo también puede suceder lo contrario, es decir, que el sector o coalición mayoritaria en la Asamblea sea de diferente color político al del presidente, es decir, que haya incongruencia, como le decimos en ciencia política. Esta dinámica de convivencia entre presidente y premier de diferentes partidos se denomina cohabitación y ha sucedido tres veces en la V República: Mitterrand- Chirac (1986-88); Mitterrand-Balladur (1993-95) y Chirac-Jospin (1997-2002). Cabe señalar que una modificación en la constitución redujo el mandato del presidente de siete a cinco años, de este modo pasa a coincidir con el de los diputados, en consecuencia la cohabitación se torna menos probable.

Por otra parte, el parlamento francés está compuesto por dos cámaras: el Senado y la Asamblea Nacional. Los senadores son elegidos de manera indirecta (Colegio Electoral), su mandato dura nueve años y se renueva por tercios cada tres años. La Asamblea Nacional o Cámara baja es donde se concentra la sanción de las leyes y se conforma de 577 diputados elegidos en forma directa en distritos uninominales. Al igual que en el parlamentarismo, la Asamblea puede destituir al Premier y a cualquier miembro de su gabinete. Los diputados duran en sus bancas cinco años.



 2- El sistema no garpa


Para comenzar cualquier relato es bueno conocer a los actores principales. Al menos desde que Charles de Gaulle fundó la V República, Francia ha sido conducida mayormente por dos partidos políticos: el Partido Socialista (PS) y la Unión por un Movimiento Popular (UMP o Los Republicanos o conservadores). Si bien durante las últimas décadas las fronteras ideológicas de cada uno de ellos se han tornado difusas, podríamos decir que el primero se ubica en la centro-izquierda mientras que el segundo en la centro-derecha. En este caso quien finaliza su mandato es el presidente François Hollande (PS) elegido en 2012.
Sin embargo la competencia electoral de este año promete ser diferente, entre otras cosas, debido a que aparecen cinco candidatos-partidos con chances de llegar a la segunda instancia de Mayo. A los dos históricos, representados por François Fillon (UMP) y Benoît Hamon (Partido Socialista), se suman el naciente partido En Marcha de Emmanuel Macron, la estridente figura de Marine Le Pen (Frente Nacional) y por último Jean-Luc Mélenchon (Francia insumisa). Esta novedosa dinámica se explica por una conjunción de factores externos e internos que se interrelacionan constantemente.

En los últimos tiempos han ocurrido fenómenos políticos tan impredecibles que obligan a levantar la guardia y afinar la lupa. Desde los hechos más importantes como el triunfo del Brexit en Gran Bretaña o el éxito de Donald Trump en Estados Unidos, pasando por la negativa al acuerdo por la paz en Colombia, el quiebre del bipartidismo en España (y el ascenso de Podemos), el crecimiento electoral de movimientos y partidos de extrema derecha europea - Austria, Holanda, Italia- promesas y expresiones abiertamente xenófobas y racistas. Los atentados terroristas en Francia (se destacan el de Charlie Hebdo, Bataclán y el atropello en Niza) y en el mundo occidental, muestran la otra cara de la moneda que evidencia el fracaso estrepitoso de la intervención militar de OTAN y países como Rusia. La guerra contra el Estado Islámico se entrecruza con intereses locales e internacionales sobre el terreno de Medio Oriente, dejando en la miseria a millones de personas que escapan como refugiados hacia Europa. La globalización ha acentuado sus propias fisuras y lo que parecía un período bienaventurado para las democracias liberales, se ve arrasado por la incertidumbre y la impugnación hacia una élite política que no le encuentra la vuelta. En medio de ese cóctel caótico y de densidades internas, se encuentra la competencia electoral francesa al día de hoy.

Diversas encuestas sostienen que Marine Le Pen tiene la llave hacia el segundo y definitorio round. El impulso que ha ganado puede generar un gran impacto en la opinión pública internacional, mas no puede decirse que es inesperado. El Frente Nacional viene cosechando importantes resultados en las últimas contiendas electorales, quedando en tercer lugar con 17,8% en las nacionales de 2012 y triunfado en la primera vuelta en las regionales de 2015. Hay encuestas que le otorgan el 27% de preferencia en la primera vuelta.
Sus propuestas apuntan a abandonar el euro y salir de la OTAN. Tiene una postura fuertemente nacionalista. Combina proteccionismo económico y denuncia a las corporaciones, con un discurso que ataca y estigmatiza al inmigrante, especialmente a la población musulmana de gran presencia en Francia. En una proclama que se asemeja a la de Trump, le habla a una clase trabajadora desencantada, que ha visto su salario estancado en una de las economías más fuertes de la zona euro, y que sobre todo, necesita responsables, sean estos dirigentes políticos o inmigrantes. Más allá de estos elementos, es notorio que desde que Marine Le Pen conduce el partido se han ido suavizando las posturas de antaño, al menos en sus formas. A sus ideas núcleo le ha agregado constituirse y mostrarse como un partido con capacidad para gobernar, aspirando a convocar a descontentos y resignados del sistema, sino también postularse como alternativa real de poder.

Por su parte, Emmanuel Macron fundó su propio partido En Marcha en Marzo de 2016. Ex banquero de Rothschild, se involucró en la política como un outsider a partir de ocupar la cartera de economía en el gobierno de Hollande, a la que renunció al poco tiempo. Bajo un cariz multicolor, por ende algo volátil, toma ideas provenientes de la izquierda, del centro y de la derecha. Es un atrapatodo. De este modo busca posicionarse por encima de las discusiones partidarias, criticando al “sistema” en su totalidad. Se afirma como un candidato despojado de ideología –incluso la señala como algo dañino para la sociedad- y capaz de resolver los problemas de la gente común. Una coincidencia nada casual que mantiene con Le Pen aunque con una mirada más conservadora para con el status quo.

Ante un desgaste del gobierno socialista y con una historia de alternancia, se esperaba que la escena 
central sea ocupada por los conservadores. Sin embargo la figura de François Fillon ha sido socavada por un escándalo de corrupción, donde su esposa y sus hijas están involucradas por trabajos en la Asamblea Nacional que no fueron realizados, pero sí remunerados. El daño se vio agravado porque justamente Fillon era quien enaltecía la bandera de la moral y la honestidad. Le Pen descorcha un malbec en su nombre.


El Partido Socialista, al igual que la izquierda francesa en general, se encuentra fragmentado y con grandes conflictos internos. Tras años de críticas hacia el ejecutivo, Benoît Hamon le ganó la interna al actual primer ministro Manuel Valls de línea más reformista, un social liberal. Esto sucumbió algunas estructuras internas de la organización, decantando finalmente en la decisión de Valls de no apoyar al candidato de su propio partido. El socialismo también se vio golpeado por denuncias y hechos de corrupción. Bruno Le Roux, quien era ministro del Interior, presentó su renuncia por motivos similares a los que recaen sobre Fillon. Más allá de las acusaciones periodísticas, lo cierto es que la Fiscalía Nacional Financiera de Francia dispuso una investigación que, en términos políticos,  golpea la imagen del partido, del gobierno y por supuesto del candidato Hamon.

Una izquierda más radical es encabezada por Mélenchon bajo la coalición Francia insumisa. Como sus adversarios, se mete con el todo – que a veces es la nada- al señalar que “el sistema es el responsable de la exclusión social y el vivero de los grandes beneficios de las multinacionales”. Seguramente los votos no lo llevarán a la segunda vuelta, sin embargo mantiene un ojo en el presente y otro en el futuro.
Es que luego de abandonar el PS, busca posicionarse a la izquierda de este bajo una estrategia que promete traerle resultados concretos. Incluso en esta elección podría despojar al quinto lugar al socialismo, lo que sería sumamente provechoso de cara a los próximos años, más aun si logra sostenerse como un referente que aglutine una izquierda tan diversa como fragmentada, en la que conviven comunistas, socialistas y ecologistas, entre otros.

Mientras que Le Pen se apoya sobre una parte de su electorado que es fiel y consistente, Macron apela a atrapar a los desencantados del arco partidario, algunos votos del ala más conservadora del PS, otros republicanos enojados tras los escándalos de Fillon y parte del elector medio. La volatilidad de sus votantes y lo abstracto de sus propuestas puede traerle beneficios, pero también algunas contras. En el último debate en televisión salió fortalecido, aunque por momentos fue punzado con críticas desde la izquierda y la derecha.

El común denominador de los candidatos no tradicionales (Macron, Le Pen y Mélenchon) es que construyen su campaña alrededor de un enemigo al que citan reiteradamente: el sistema. Claro que cada uno resignifica el concepto de acuerdo a sus inclinaciones. Otro punto que alienta la incertidumbre es que hay posturas que atraviesan las identidades tradicionales. Hay europeístas y euroescépticos tanto a la izquierda como a la derecha.

Ante tanta indeterminación los medios y algunos analistas insisten en que la lucha será entre Le Pen (a la que definen como populista, en una vaga e indeterminada utilización del concepto) y la república, el resto. Es por eso que toman partido, confían y presionan en crear un “frente republicano” que funcione como barrera de contención ante la amenaza cívica representada por el Frente Nacional. En este sentido muchos recuerdan lo sucedido en 2002, cuando los socialistas quedaron fuera del ballotage y la presidencia se disputaba entre Jean Le Pen (padre de Marine) y el conservador Jacques Chirac, a quien entonces la izquierda llamó a votar aunque sea con la nariz tapada.

Como conclusión van algunos comentarios. La primera es que a diferencia de 2002, esta vez tanto socialistas como conservadores pueden quedar afuera de una posible final, esto significa que el presidente no saldrá de ninguna de las dos fuerzas con mayor anclaje territorial y político en la sociedad francesa. La segunda es que en 2002 aún no existía ninguno de los fenómenos detallados anteriormente, sobre todo aquellos que se relacionan con los atentados en pleno territorio Francés y una profunda crisis de la globalización que se canaliza de políticamente de un modo diverso. 
Las últimas ideas quizás moderen las anteriores. Si bien Le Pen viene acumulando caudal electoral, la tasa de participación en las últimas elecciones regionales fue cercana al 50%, mientras el histórico de las presidenciales se ubica cerca del 80%. Pero el dato llamativo es que en aquellos casos en los que el Frente Nacional ha llegado a la segunda instancia (2002/2015) la tasa de participación trepó 8 puntos más, lo cual perjudicaría notablemente a Marine Le Pen. 

Por último, en caso de que el Frente Nacional diera el batacazo, todo indicaría que Francia se encamina al cuarto período de cohabitación, trasladando el centro de poder desde la presidencia hacia el primer ministro, o en su defecto, se iniciará una puja de poder entre ambos. En ese sentido las elecciones legislativas de Junio serán determinantes.

El lunes 10 de Abril se lanza oficialmente una campaña que empezó hace rato.


Bon appétit y a disfrutar de esta ensalada francesa.


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